Alicia Montoya dirige la cooperativa El Álamo y es referente ineludible en la lucha del movimiento de recicladores urbanos. Dice que la calle es una jungla donde el fuerte se come al débil.

  FOTO:  Alicia Montoya afirma que salir de la informalidad fue un camino muy lento 

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Por Bibiana Fulchieri (Especial)
Fueron en su mayoría pasajeros del llamado “tren blanco” –un s­e­r­vicio desguazado del Ferrocarril Mitre que transportaba a los cartoneros de los suburbios de Jo­sé León Suárez hacia Retiro– familias completas, que como paliativo urgente a la crisis de 2001, se lanzaron a la basura como único medio de sobrevida.
Hubo que intentar nuevas alternativas al oprobio, y después de largos conflictos nació en la ciudad de Buenos Aires El Álamo, una cooperativa de “cartoneros a domicilio” incluidos en una perspectiva de servicio público que recuperan residuos secos y dignidad laboral.
Alicia Montoya es la responsable del equipo técnico de El Álamo y una referente ineludible en la lucha del mo­vimiento de recicladores urbanos, en convenio legal con el Ministerio de Ambiente y Espacio Público porteño.
Nos recibió en la sede de la cooperativa, un galpón de 700 metros cuadrados en comodato ubicado en Villa Puey­rredón. Allí, un tráfico permanente de 60 asociados procesa 200 toneladas mensuales de residuos provenientes de barrios de las comunas 11, 12 y 15, en el noroeste de la capital.
–Empecemos por usted, dicen que es el alma máter de El Álamo.
– Soy docente (ahora en comisión de servicios) y militante social desde hace muchísimos años. Como a toda mi gene­ración, la dictadura, la guerra de Malvinas y el juicio a las juntas militares me marcaron a fuego. Fueron hechos muy fuertes que nos obligaron a rever nuestras ideas, nuestros posicionamientos y nuestros lugares de compromiso. Mirá que loco, yo hasta el año ’84 tuve un fuerte compromiso desde un lugar religioso. A partir del ’85 y a raíz de lo que se revela en el juicio a la juntas tomo distancia de lo religioso. Casi 24 años después, a partir de la Fundación Alameda comienzo a tener contacto con Jorge Bergoglio, hoy papa.
–¿Cómo lo conoció?
SEnD Participo en la fundación La Alameda que lucha contra la trata de personas y necesitábamos pedir protección para las víctimas de delitos que íbamos rescatando. Llegamos a Bergoglio y nos recibió muy bien, a pesar de que sabía que varios de nosotros no éramos cristianos. Hay una anécdota que se hizo muy famosa con relación a esto, porque a una compañera le decían “la trotska de Dios”. Francisco se reía mucho de esto, porque es un hombre con una profunda amplitud de criterio. Estoy convencida de que hará cambios muy profundos, porque en su agenda están los temas más candentes del escenario mundial.
–¿Cuándo se vincula a los llamados por entonces “cartoneros”?
SEnD En 2002 aparecen muchas asambleas de vecinos. Recordemos el “que se vayan todos” ¿no? La Asamblea Popular de Villa Pueyrredón había ocupado un espacio ferroviario deshabitado frente a la estación dónde se puso en marcha un merendero para las familias cartoneras. En el pico de la crisis la solidaridad fue muy grande, pero cuando la situación de los sectores medios se comenzó a ordenar comenzó una tensión muy grande con un grupo de vecinos de clase media, muchos de los cuales vinieron a interpelarnos y pedirnos que desalojáramos a los “negros” que cartoneaban porque desvalorizaban sus propiedades. Mientras esto ocurría, otros vecinos de mayor poder adquisitivo, los llevaban a merendar a sus livings o les dejaban las llaves de sus casas cuando se iban afuera para que les regaran las plantas. Hay una abuelita que, hasta hace unos meses cuando sus hijos decidieron internarla en un geriátrico, les daba su tarjeta a dos cartoneros de El Álamo para que les cobraran la jubilación, le hicieran las compras y hasta algunas veces se quedaban a dormir para hacerle compañía. En fin, fue un proceso extremadamente conflictivo y contradictorio, pero muy interesante. La presión de los sectores medios sobre el entonces jefe de gobierno Anibal Ibarra, generó un desalojo del lugar muy violento. Allí, conociendo la realidad de la gente que vivía de la recolección callejera, me doy cuenta de que era una postal del infierno, una tarea necesaria pero no de esa manera tan terrible. La confianza habilitó el diálogo y el conocimiento de los horrores que genera la exclusión.
–¿Por ejemplo?
– Entendí que la basura es un gran negocio y la calle es una jungla donde el más fuerte se come al más débil. Cosas impresionantes le sucedían a diario a los cartoneros, que venían y me contaban. Por ejemplo, aparecía uno con unas bandejas de pescado y dispuesto a comerlo decía: “Me lo regaló una señora que hace tres días se quedó sin heladera” ¡Era veneno puro! Otros comentaban que tal portero cambiaba diarios por sexo; o que algunas clínicas o consultorios les entregaban residuos patógenos. El crecimiento del narcotráfico, encontró en estas poblaciones vulnerables la fuerza laboral para el narcomenudeo. Recuerdo siempre un dato de hace un par de años atrás, cuando los socios de El Álamo ganaban aproximadamente $ 100 por día y en una barriada del conurbano te ofrecían $ 200 por repartir unas bolsitas de cocaína.
–¿Cómo hacen frente a esta situación?
–Con trabajo y afecto, un combo perfecto. E incorporando año a año más caminos que te permiten acceder a derechos. Se decidió por asamblea recomponer la matriz social eligiendo una figura colectiva de trabajo que no alimentara explotaciones y surgió la cooperativa El Álamo, en agosto de 2003. Después del desalojo, en julio de 2005, nos ubicamos frente a la estación de trenes, colocamos unas tarimas en las que se apoyaban los bolsones con los materiales que se recolectaban; un gazebo para comer y protegerse del sol. Hicimos los mayores esfuerzos para mejorar al máximo los estándares de higiene y convivencia, esto mejoró enormemente los vínculos comunitarios y el trabajo fue ordenando la vida de todos. Esto era indispensable para funcionar; ver al cartonero como trabajador. Sí, a través de una herramienta legal se permitió asumir a los cartoneros como trabajadores, que hacen una tarea necesaria que sólo es posible con la participación del Estado.
–¿Allí nació la consigna de aparente contradicción: “Separando unís”?
–Claro, hubo que explicar que separando en origen los residuos, parte de ellos pueden ser reciclados, y así logramos unir a la familias de recupera­dores urbanos con los vecinos que les entregan sus reciclables, además de unirnos al cuidado del medio ambiente. La consigna surgió en 2011 cuando nos entregaron el tercer “Centro Verde” para acopio y reciclaje (antes pasamos por otros dos lugares). Para publicitar el lugar surgió el “Separando unís” y se fueron sumando muchos vecinos, ONGs, empresas, asociaciones... que sé yo. Recuerdo por ejemplo que Greenpeace les donó las capas verdes para la lluvia y los primeros uniformes, eso cambió mucho la relación con los vecinos a los que se les toca el timbre y estos entregan sus materiales. En poco tiempo se empezaron a ver los frutos: disminuyó la discriminación hacia el cartonero, no hubo más niños cartoneando en nuestra zona, ni bolsas con olor desparramadas en las veredas, entre otros tantos beneficios.
–¿Cómo fue ese proceso de salida de la informalidad a la organización cooperativa?
–Fue un camino muy lento, de construcción colectiva y habilitando nuevos espacios donde la palabra era fundamental. Lo crucial fue la incidencia en la agenda pública. Los prejuicios se doblegaron cuando se vieron los progresos, y los progresos llegaron cuando el Estado se hizo presente. Y este no es un fruto de El Álamo, sino de la capacidad de construir junto a otras cooperativas a pesar de nuestras diferencias. Los cartoneros muy rápido se dieron cuenta de que la organización era lo mejor: antes caminaban con carros pesadísimos 200 cuadras por día, subían a un tren destrozado y cuando bajaban debían caminar kilómetros hasta sus casas y cuando vendían sus materiales eran explotados por los grandes acopiadores. ¡Ahora veo un camión con plataforma hidraúlica y 
no me puedo imaginar cómo se soportó lo anterior!
–¿Y ahora?
– Ahora la actividad que antes hacía el cartonero de manera individual es parte de una política pública, en la que el Estado paga los costos de la logística, es el constructor de los centros verdes y el que aporta la maquinaria. Además, es quien se responsabiliza del cumplimiento de derechos laborales y sociales como el monotributo social, el seguro de accidentes de trabajo, la obra social y los uniformes. Cada recuperador urbano que trabaja en una cooperativa recibe un incentivo económico por parte del Estado. Es muy importante que cada uno de ellos sepa que ahora, como tiene derechos también tiene obligaciones, como no hacer trabajar a los niños, no consumir drogas ni alcohol, cumplir horarios y no romper las bolsas en las veredas, entre otras cosas.
–¿Los logros de El Álamo pueden ser tomados como un modelo replicable en cualquier ciudad, ante conflictos vinculados a la recolección de residuos?

– Nuestra actividad es replicable en cualquier lugar si se tienen en cuenta los aspectos estructurales: trabajo organizado, obligaciones y derechos, arti­culación con el Estado que debe aportar los recursos necesarios para el desarrollo de la actividad en condiciones de dignidad. Nosotros no avalamos relaciones clientelares, sólo apostamos a experiencias que incluyan y recompongan vínculos con la sociedad. Justamente estamos en contacto con una experiencia en la ciudad de Córdoba, es en Barrio Urca y la está llevando a cabo la cooperativa Los Carreros, con un trabajo muy interesante en donde a partir de nuestra intervención y de la conformación de un equipo técnico, hay cambios solidarios de fondo.

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