Por Marcelo Figueroa,   Aquí el artículo de Marcelo Figueroa, amigo personal del Papa Francisco y de la Alameda, que publicó el diario del Vaticano. Figueroa es biblista, teólogo protestante y fue el conductor en Canal 21 del programa Biblia, diálogo vigente, que integraba al entonces cardenal Jorge Bergoglio y al rabino Abraham Skorka.


A menudo me consultan sobre qué literatura recomiendo para comprender al Papa Francisco, habida cuenta de la abundante cantidad de libros, escritos y artículos publicados sobre su vida y pensamiento. Mi respuesta es siempre la misma: “Los Evangelios, y de ser posible toda la Biblia”. 

Es muy recomendable, desde luego, leer todas las otrasy muy buenas fuentes mencionadas, pero si obviamos estas aproximadamente 140 páginas que contienen los Evangelios, nunca lo entenderemos adecuadamente. En ellos está el lumen de su semiótica particularísima. Sus encíclicas, homilías, discursos, gestos, estilo de vida, y especialmente sus pensamientos más profundos están enraizadas en esas páginas.
Muchos contemporáneos de Jesús admiraban especialmente de él “que les hablaba con autoridad, no como los doctores de la Ley”(Mr. 1.22). ¿En qué residía esa autoridad? En que en Cristo veían una coherencia inquebrantable entre sus dichos, hechos y estilo de vida. Integridad que no percibían en muchos fariseos, escribas y autoridades eclesiásticas que podían enseñar catedráticamente la Ley con sus palabras,  pero las contradecían hasta anularlas con su comportamiento. No era de extrañar entonces, que las luchas, discusiones, acusaciones y conspiraciones más feroces que Jesús sufrió en su ministerio provinieran de ese sector interno de su propia religión. Ellos se creían “dueños de la fe” y habían hecho de sus dogmas, costumbres y prácticas una vara inflexible con la cual juzgaban a cualquiera que desafiaba su status quo y su poder religioso y político, aún si éste fuera el mismísimo Hijo de Dios. ¿Es difícil inferir que a los discípulos cristianos genuinos, especialmente aquellos que ocuparían lugares destacados dentro de la Iglesia, les ocurriera lo mismo desde sectores fundamentalistas?
Jesús se atrevió a atravesar fronteras con sorprendente libertad y espontaneidad. Lo hizo honrando el primer mandamiento de amor a Dios y al prójimo. Tuvo el coraje de tocar enfermos de lepra y hasta el canasto fúnebre del hijo muerto de la mujer de Nahúm; dejaba que la multitud lo apretujara y en medio de ésta hizo detener la caravana para atender a una mujer con una enfermedad considerada impura. Como ejemplos concretos de encuentro interreligioso, reconoció públicamentela fe de una mujer sirofenicia y tuvo una animada conversación teológica con otra samaritana. ¿Se entiende porque Francisco, en nombre de ese amor cristocéntrico, desconcierta protocolos de seguridad  para acercarse personalmente al que sufre? ¿Cómo no considerar que la misericordia haya sido desde un comienzo una gran palabra cuyo significado y  contenido más profundo la aprendió y aprehendióde esos gestos del Mesías que, para algunos, desafío lo “políticamente correcto”?  ¿Por qué no pensar que su insistente acercamiento a otras religiones, especialmente a las del tronco de Abraham, es una correcta interpretación de la misión cristológica más pura?
Infructuosos fueron los intentos de encasillar a Jesús. Con el fin de dominarlo, acusarlo y usarlo,  lo quisieron identificar con lo zelotes, fariseos, herodianos, saduceos, y hasta con las fuerzas del mal. Quisieron ponerlo en aprietos con el poder político y en conflicto con el religioso, al extorsionarlo para a definir si se debía o no pagar impuestos al Imperio. ¿Cómo sorprenderse que a Francisco se lo haya querido estigmatizar con todo tipo y hasta opuestas ideologías políticas, económicas, etc.?
Los ejemplos y correlatos bíblicos se podríanextender hasta el infinito y seguramente nos ayudaríana reflexionar, que a medida que nos alejamos de las enseñanzas de los cuatro Evangelios y del Señor de los Evangelios, nos apartamos de la posibilidad de comprender al “Papa del Fin del Mundo”.


Culminaré con una referencia nacional y otra personal.

Jesús, a pesar de haber dicho y hecho en su Nazaret juvenil las mismas cosas que en sus años de máxima visibilidad en Jerusalén, muchos coterráneosnunca pudieron ver en él otra cosa que al hijo del vecino carpintero José. Sin embargo, aquel Jesús venido de las periferias de Israel,  logró que todo el “mundo conocido” hablara de él y que muchos de sus discípulos galileos decidieran con todas sus limitaciones acompañarlo.
Finalmente, muy cerca de la imponente Ciudad Santa, en la pequeña Betania, Jesús tenía una familia amiga en las personas de Lázaro, María y Marta. Jesús encontró en esos amigos simples un remanso seguro y confiable y la posibilidad de tener contacto con sus afectos. Quien escribe estas líneas pretende, quizá presuntuosamente, simplemente pertenecer a esafamilia de “su Betania amiga”. Y es desde ese lugar de donde espero haber sido de ayuda con estas líneas para comprender a un hombre lleno del Espíritu de Jesucristo que está revolucionando el mundo entero con el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo.

Buenos Aires, 29 de octubre de 2015

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